Valiosas hipótesis arriesgadas
Si a un científico positivista decimonónico le hubieran preguntado para que servía la religión, hubiera musitado que, en confianza, sólo para acompañar a su señora a la misa de doce los domingos. Einstein, reflexionando sobre su educación religiosa en la infancia, contestaría una cosa bien diferente. Diría que para potenciar la capacidad de ver interacciones entre los fenómenos, de ser capaz de percibir grandes unidades. A la hora de experimentar, la religión sirve para poco, pero es un buen elemento para tener conciencia de la unidad del todo, algo que un verdadero científico debe tener presente aunque no sea capaz sino de traducirla parcialmente a términos experimentales.
Esa sensación de la unidad del todo que Einstein extrajo de su educación religiosa, aparece en otros científicos como resultado de toda una vida de investigación. Observando los lazos existentes entre los fenómenos del campo al que han dedicado su vida, comienzan a sospechar que algunas de las características que los conforman son características significativas para el conjunto del universo. Es la tentación holista. Saben que están apostando fuerte, pero no lo pueden remediar. La sospecha es demasiado intensa. Entonces se dicen: Creo que es el momento de hablar de TODO. Voy a explicarles qué es la realidad. Saben que esa decisión les empuja al resbaladizo terreno de la metafísica, porque no es posible experimentar el todo. Sin embargo, estas personas no han hecho más que seguir el camino que habían recorrido toda su vida. La misma obsesión por el encadenamiento de los sucesos- por la búsqueda de instancias superiores que los justifiquen- como observó el filósofo Inmanuel Kant, les ha llevado a alcanzar la frontera de lo que es empíricamente significativo. Siguiendo la inercia de su propia labor científica, han acabado por plantear un principio o principios justificativos de la realidad que no pueden ser experimentados.
Quizá uno de los casos más paradigmáticos fuera el de Alfred North Whitehead. Matemático ilustre, creador junto con Bertrand Russell de los fundamentos de la Lógica Matemática, experto en relatividad. Intentó hacer un diseño grandioso en el que el Universo fuera un proceso en desarrollo que generase las leyes científicas, más que se sometiese a las que habían sido descubiertas. En ese proceso, el tiempo era un resultado, no una condición. Los sistemas temporales no eran sino expresión de un orden interno de la naturaleza que se expresaba en diferentes modos de organización temporal. La geometría del espacio, las conexiones físicas entre los elementos del universo, las leyes que las regulan, expresan ese orden profundo de la naturaleza que en su evolución acabará por sustituirlos por otros diferentes.
El ejemplo de Whitehead nos es relevante en más de un sentido. Primero, porque cuando la explicación holista parte de la práctica científica no puede ser rechazada sin más. Puede que la explicación holista sea un error científico, pero en sí misma es valiosa porque ofrece una hipótesis arriesgada que obliga a reflexionar sobre el conjunto de lo que la ciencia sabe, a discutir sobre las metas a las que nos acabará llevando nuestro conocimiento de la realidad. Las genuinas explicaciones holistas son profundamente valiosas. Y las calificamos de genuinas para distinguirlas del holismo superficial, un holismo frecuente en filosofía en el que eligiendo un principio científico se le extrae del campo en el que es significativo para transformarlo en un metaprincipio que vale igual para un barrido que para un fregado. Así, la filosofía postmoderna usó y abusó de la física cuántica como referencia con la que justificar casi cualquier cosa.
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